Sabato y la modernidad

Soterradamente en “Hombres y engranajes” aparece una exposición de la modernidad desde lo histórico, ya que Sabato se sitúa a finales del siglo XV (el descubrimiento de América); desde los sociológico con el “universo abstracto” y lo que podría llamarse la disolución de la dicotomía espacio y tiempo; y culturalmente con la consolidación del racionalismo cartesiano. Para destacar las siguientes palabras acerca del universo abstracto:

“El dinero y la razón otorgaron el poder secular al hombre, no a pesar de la abstracción, sino gracias a ella. La idea de que el poder está unido a la fuerza física y a la materia es la creencia de las personas sin imaginación. Para ellos, una cachiporra es más eficaz que un logaritmo, un lingote de oro es más valioso que una letra de cambio. Pero la verdad es que el imperio del hombre se multiplicó desde el momento en que comenzó a reemplazar las cachiporras por logaritmos y los lingotes de oro por letras de cambio.

Una ley científica aumenta su dominio al abarcar más hechos, al generalizarse. Pero al generalizarse se hace más abstracta, porque lo concreto se pierde con lo particular. La teoría de Einstein es más poderosa que la de Newton, porque rige sobre un territorio más vasto, pero por eso mismo es más abstracta. Sobre el hallazgo de Newton todavía se pueden referir anécdotas con manzanas, aunque sean apócrifas; sobre el de Einstein, nada puede decir el pueblo, pues sus tensores y geodésicas ya están demasiado lejos de sus intuiciones concretas: apenas puede ocuparse del violín de su autor, o de su melena.

Lo mismo con la economía: a medida que el capitalismo se desarrolla sus instrumentos se hacen más pujantes, pero más abstractos: la potencia de un bolsista que especula con un cereal que jamás ha visto es infinitamente más grande que la del campesino que lo cosechó

No debe sorprendernos que el capitalismo esté vinculado con la abstracción, porque no nace de la industria, sino del comercio; no del artesano, que es rutinario, realista y estático, sino del mercader aventurero, que es imaginativo y dinámico. La industria produce cosas concretas, pero el comercio intercambia esas cosas, y el intercambio tiene siempre en germen la abstracción, ya que es una especie de ejercicio metafórico que tiende a la identificación de entes distintos mediante el despojo de sus atributos concretos. El hombre que cambia una oveja por un saco de harina realiza un ejercicio sumamente abstracto; no importa que las necesidades físicas que lo llevan a ejercer ese intercambio sean concretas —como el hambre, la sed o la necesidad de procrear—; lo decisivo es que ese intercambio sólo es posible merced a un acto de abstracción, a una especie de igualación matemática entre una oveja y un saco de harina; y ambos objetos se intercambian, no a pesar de sus diferencias, sino a causa de ellas.

Los logaritmos, en fin, terminan por imponerse sobre la cachiporra, lo abstracto concluye por dominar lo concreto. No fueron las máquinas quienes desencadenaron el poder capitalista, sino el capitalismo financiero quien sometió la industria a su poderío.”

El progreso acorralado

En el curso de Desarrollo Económico hemos reflexionado acerca del capitulo “El progreso acorralado”, el cual forma parte del libro “Historia de la idea de progreso” de Robert Nisbet. En este pasaje el autor enuncia algunas premisas fundamentales para la idea del progreso que, según su opinión, están cayendo en el descrédito y, con ello, han llevado a un “abandono de la confianza en el progreso”. En un primer lugar, se expone, bajo la sección “Los primeros profetas”, un recuento de las posturas de diferentes académicos que tuvieron una perspectiva lúgubre sobre el progreso. Se menciona a Tocqueville y su visión en la que las diversas áreas de conocimiento decaían; se debe destacar a Schopenhauer sobre el problema de centralizar la voluntad para mejorar las sociedades; a Nietzsche y la idea de que el progreso era una idea falsa y Max Weber sobre la burocratización de lo humano a medida que se avanza en la institucionalización.

En la segunda sección, “Renegar del pasado”, Nisbet llama la atención sobre el desprestigio que se siente por la historia. Se alude a la manera en como, a lo largo de la humanidad, diversos pensadores se han soportado en el pasado o en autores del pasado como es el caso de San Agustín, Comte y hasta Marx. Sin embargo, la actitud actual es el rechazo, hecho patente, por ejemplo, en la ausencia de una materia sobre historia en las instituciones educativas e incluso en que sea vista como un tema de distracción. Para explicar el motivo de esta situación se recoge el planteamiento hecho por Hoffman que, según su criterio, se debe a dos cosas: la velocidad, cada vez creciente, con la que se producen los cambios a nivel social y, por otro lado, una representación social de la historia que la relega a los oficios del coleccionista de antigüedades.

La tercera sección se titula “El desplazamiento de occidente”, aquí se ha referencia a la pérdida del papel hegemónico que han experimentado los países occidentales, especialmente, durante el tercer cuarto del siglo XX. Con el surgimiento de nuevos países potencias alrededor del globo, el respeto cultural por Europa y Estados Unidos se ha ido perdiendo. Pero, además, se resalta también la pérdida de la fe en su propia civilización por parte de los occidentales, quienes ahora desconfían de su institucionalidad.

En la cuarta sección, “El ataque contra el crecimiento económico”, se vincula el progreso, con la idea de que un camino para este es mediante el crecimiento económico. No obstante, se ha convertido en una tendencia el advertir la degradación ambiental que tendría como origen los procesos de industrialización llevados a cabo por los países más ricos y desarrollados (que serían los de occidente), pero no solamente se pone en consideración el surgimiento de movimientos ecologistas, sino también la aparición de actitudes, como el hedonismo, que menoscabarían el soporte moral que ha dado vida al sistema capitalista.

La quinta sección, “La degradación del saber”, trata acerca del descrédito en el que han caído los pensadores y, en especial, el mundo científico, el cual se percibe como parte de una élite institucional de la cual hay que desconfiar, además se discute el problema sobre el eventual estancamiento del conocimiento y la dificultad sobre hacia dónde dirigir la investigación y si esta en realidad vale la pena.

La última sección del capítulo es llamada “El sudario del tedio”, el argumento principal es que la gente está aburrida, así sencillamente, hay una sensación de hartazgo respecto al mundo, la sociedad y sus instituciones. El problema es que esto favorecería la aparición de actitudes inversas al progreso, para lo cual se cita a Tocqueville quien advierte sobre consecuencias como: la pérdida de la diversidad cultural, la inhibición del proceso creativo y la posible aparición de despotismos.

Los comentarios sobre el texto los puedo situar en lo siguientes puntos: el autor menciona una erosión de la fe en las instituciones occidentales, es pertinente hablar de qué manera podría estar cambiando la episteme moderna, como lo llamaría Foucault. En ese sentido, se debería hacer mención a la segunda dimensión del estatus epistemológico que alberga a la economía, biología y lingüística; el siglo XXI ha estado atravesado por críticas a estas: en 2008, con el estallido de la crisis económica del atlántico norte, alrededor del mundo emergieron movimientos con posturas heterodoxas que invitaban a repensar la disciplina. Por otro lado, el mismo autor recoge lo dicho por Stent sobre los problemas de la biología, al sugerir que “en la biología molecular hemos llegado a un punto en el que el único problema que queda por explorar es “la paradoja mente materia””. Finalmente, aunque la filología no se menciona, quisiera advertir sobre el Premio Nobel de Literatura de 2016, el cual fue otorgado al músico Bob Dylan, con lo que es evidente el planteamiento de una ruptura en el discurso de la literatura y en su representación social, al reconocer implícitamente que esta va allende las palabras e incluye otros lenguajes (como el musical) que no necesariamente pasan por los campos de la filología.

En la misma línea, un aparte interesante de la lectura es el siguiente: “Stent es un hombre de amplia erudición, y argumenta de forma elocuente que en la actualidad la literatura, la música, la pintura, etcétera, están sumidas en una tendencia declinante.” No hay motivo para sugerir tal cosa ya que el arte en su manifestación amplia se debería juzgar en la medida en que pueda recoger una visión de mundo, no hay forma como lo diría Sabato en “Hombres y Engranajes” de decir que los jeroglíficos egipcios sean grotescos al lado del arte renacentista, ya que simplemente los dos obedecen a diferentes formas de plasmar una cosmovisión particular. La idea es que no se puede medir el progreso a través del arte.

Finalmente, sería importante poner en consideración los acontecimientos actuales a la luz de lo trabajado por Nisbet, por ejemplo, las elecciones en Estados Unidos. Si bien pareciera que el discurso de Trump obedece al despotismo señalado como posible consecuencia del languidecimiento de la idea de progreso, se debe recordar que el actual presidente de Estados Unidos subió al poder a través de un discurso que, por ejemplo, negaba el calentamiento global (iría en contra del ataque al crecimiento económico) y se aferraba con aprecio al pasado.

Las teorías del desarrollo a principios del siglo XXI

“Las teorías del desarrollo a principios del siglo XXI” es un texto de Amartyan Sen, el cual expone dos concepciones distintas del desarrollo: una llamada BLAST (por blood, sweat and tears) y la otra GALA (sigla de getting by, with a little assistance). La primera hace referencia a un proceso de desarrollo pasado por “sangre, sudor y lágrimas”, frase que el autor recoge del ex-primer ministro británico Wiston Churchill para referirse a una etapa en la cual se deben sufrir penurias para, posteriormente, alcanzar el desarrollo. Por otro lado, la segunda concepción, permitiría tener en cuenta los procesos de cooperación e interdependencia entre los individuos. La dinámica que sigue el artículo es una crítica (en el sentido positivista) a la visión del desarrollo como algo sustancialmente feroz, al cuestionar algunos modelos de la referida visión y contrastarlos con algunos hechos históricos.

En primer lugar, se pone de manifiesto el papel de la acumulación de capital y, como ejemplo, se expone la variante soviética de la “teoría de la explosión de capital” en la que, en un primer lugar, se fuerza a bajos niveles de vida (exiguos niveles de protección social, salud y educación de calidad) con el fin de estimular la acumulación para que, finalmente, esto se traduzca en crecimiento económico. Otro ejemplo, apartado de la esfera soviética, que se trae a colación es el Estado de Bienestar del siglo XX el cual, según el autor, tiene como predecesor las difíciles condiciones laborales de los obreros durante el periodo en el que se da el surgimiento del capitalismo. Quienes se reafirman en estas visiones sostienen que los beneficios derivados de la acumulación y de la intrincada puesta en marcha del proceso (en términos de derechos sociales, civiles y políticos) llegarán a todos a través de un mecanismo de filtración y, por lo tanto, no es necesario que se intervenga en la dinámica propia de este modelo, con lo cual se concluye que al implementarse medidas que busquen convergencias sociales se torpedeará el desarrollo mismo.

En segundo lugar, se resalta el advenimiento del capital humano como factor trascendental en el desarrollo, ya que el gran aporte de este enfoque es, como lo menciona el autor, aportar a la superación de la dicotomía entre productividad económica y las preocupaciones sociales. El planteamiento se desarrolla en términos de que la potencialización de las habilidades humanas tiene efectos directos sobre lo social (la mejora en la calidad de vida), en la esfera de las libertades humanas y, en general, en el bienestar, pero al mismo tiempo tiene unos efectos indirectos relacionados con el crecimiento económico como el estímulo que se le da a la productividad.

Finalmente, el autor destaca la discusión acerca de la medición del desarrollo. La crítica surge alrededor de los indicadores ortodoxos de la economía, como por ejemplo el PIB; el cual, señala el autor, deja por fuera toda una serie de consideraciones como la igualdad de ingresos y riquezas. Por otro lado, se pone de relieve la incapacidad, diagnosticada hace mucho, del concepto de utilidad para hacer comparaciones interpersonales. Por esta razón, la propuesta que recoge Amartyan Sen es que las valoraciones acerca de la calidad de vida deben dejarse al debate público, a través de la construcción de una serie de indicadores que puedan modificarse por la acción de la sociedad, entendida como la opinión pública.

Un buen economista

En 1933 J.M. Keynes escribió las siguientes palabras pensando en Alfred Marshall:

El estudio de la economía no parece requerir dotes especiales de orden inusualmente superior. Desde el punto de vista intelectual, ¿no es un tema muy fácil en comparación con las ramas más altas de la filosofía y la ciencia pura? Sin embargo, los buenos economistas, o aun competentes, son las más raras de las aves. ¡Un tema fácil, en el que muy pocos sobresalen! Quizá la explicación de esta paradoja sea que el economista magistral debe poseer una rara combinación de dones. Debe alcanzar un alto nivel en diferentes direcciones y combinar talentos que no se suelen encontrar juntos. Debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo, en algún grado. Debe entender símbolos y expresarse con palabras. Debe contemplar lo particular en términos de lo general, y tocar lo abstracto y lo concreto en el mismo vuelo del pensamiento. Ninguna parte de la naturaleza humana o de sus instituciones debe quedar por fuera de su consideración. Debe tener propósitos y ser desinteresado de manera simultánea; tan apartado e incorruptible como un artista pero a veces tan cerca de la tierra como un político.

Keynes se refería, por supuesto, a un economista integral, abogaba por un profesional transdisciplinar. No obstante, pareciera que la realidad dista mucho de sus palabras. En Colombia, por ejemplo, los programas curriculares muestran una clara tendencia a favorecer ciertas asignaturas y ciertas corrientes teóricas; el fuerte componente cuantitativo y la preeminencia de los modelos neoclásicos son una constante.

Respecto a lo anterior, vale la pena citar el trabajo de Castro y Raffo (2016), quienes han evidenciado una tendencia a la homogeneización de las mallas curriculares de los programas de pregrado de economía; los autores -posiblemente al hacer un símil con los modelos oligopólicos- advierten que las universidades presentan un comportamiento que se puede relacionar directamente con la estrategia líder-seguidor; en este “juego” las universidades más pequeñas, sin detenerse a examinar aspectos diferenciadores, terminan por emular los programas curriculares de las universidades más grandes y exitosas del país. Como si fuera poco, en el estudio de los profesores Castro y Raffo también se encontraron desbalances en cuanto a las áreas temáticas enseñadas; las asignaturas de microfundamentadas dominan el panorama, mientras que el componente de pensamiento económico es menor.

Sin embargo, se debe hacer un precisión: el debate sobre las mallas curriculares nunca se ha hecho -y nunca se debería hacer- para deslegitimar la formalización matemática o para ir en contra, solo porque sí, de una corriente de pensamiento económico. La reflexión que se debe hacer sobre el componente curricular de los programas de economía debe tener como objetivo la expansión de la matriz conceptual de la economía. Para que, como Keynes manifestaba, se formen economistas con un panorama amplio que no se restrinja a unos métodos y modelos teóricos específicos.

La carta de Marx a Arnold Ruge

En septiembre de 1843, Marx le escribió a Arnold Ruge. En esta carta enviada a su amigo, Marx señala su posición frente a la Economía Política clásica, en otras palabras, rotula lo que le va a permitir resquebrajar la matriz conceptual clásica: la crítica. Acto seguido, a largo del escrito, pasa a esbozar dos aspectos fundamentales de la crítica: por un lado, señala en qué consiste y por el otro cuál es su objeto.

En primer lugar, la crítica, entendida como su concepción de ciencia, aparece como el desvelamiento de la conciencia del mundo. Por tanto, la crítica no señala un camino, lo que busca es hacer visible las relaciones sociales. Por esta razón, en un tono altivo, Marx reprocha la idea de que la noción de causalidad, que permitiría pronosticar el futuro, se haya ido instalando entre los “reformistas”.

Por otro lado, Marx va a aplicar la crítica sobre lo que él atina a nombrar como las “luchas reales”, en ese sentido, un punto inicial es lo concreto, lo real. Pero la crítica permite atravesar allende la superficie hasta llegar a las formas, lo que admite hacer una ruptura con el pensamiento dogmático descrito por él. Al hablar acerca de las “formas peculiares de la realidad” esboza la necesidad de develar las relaciones internas, a partir de las cuales se puede reconstruir el mundo, lo que él llama “desarrollar la verdadera realidad”.

La cuestión es que la crítica se hará a través de los conflictos intrínsecos de las formas, para ilustrar este punto, Marx trae a colación el Estado Político como forma, ya que esta puede abarcar las manifestaciones sociales, aquí se pone de relieve los sistemas de Estado social y Estado representativo. Para aplicar la crítica, entonces, es necesario hacer notoria la relación antagónica, pero al mismo tiempo de dependencia, entre la función ideal y los prerrequisitos reales, entre el poder del hombre y el poder de la propiedad privada que subyacen a las mencionadas expresiones del Estado Político.

¿Juega algún papel la noción de utilidad?
Como determinante del valor para Marx no es importante el contenido utilitario de las cosas, si bien, en su matriz lógica se plantean los valores de uso estos aparecen como concepto y, por tanto, la función utilitaria no juega un papel especial. De hecho, en la carta se puede notar la preferencia por desvestir lo concreto al señalar siempre como puntos de partida las formas, bien sean “teóricas y prácticas”. En ese sentido, la “necesidad real” del plan se relaciona en términos de ser, para el mundo, un paso obligatorio si se quiere adquirir una conciencia real de las cosas.